¡Por favor, que alguien apague el megáfono!

 

¿No tienes la sensación de que el mundo se ha convertido en un gigante con un megáfono en cada esquina, dándonos órdenes sin parar?

De repente parece que para tomarte un café por la mañana necesitas un manual de instrucciones de cuarenta páginas, la bendición de tres gurús y un certificado de haber fluido en la dirección correcta según la luna llena.

Abres cualquier pantalla y ahí están, esperándote en fila india:

Haz esto. No hagas lo otro. Ojo si lo haces. Cuidado si no lo haces. Lo que no quieren que sepas. Léelo antes de que lo borren. Fluye. No, no fluyas tanto y actúa. ¡Pero actúa con la vibración correcta, insensato!

​Madre mía. Es que es para volverse majareta.

Tanta receta mágica, tanto aviso catastrófico y tanto dogma de mercadillo agotan a cualquiera. Al final, el mejor acto de rebeldía es mandarlo todo un poquito a paseo, cerrar el quiosco de los consejos no pedidos y hacer lo que a uno le dé la real gana con la calma por bandera.

Y ahí te quedas, con esa apatía en la que ya todo te resbala, nada te conmueve y el cuerpo solo te pide colgar el cartel de «No molestar» en la puerta de la cabeza y no escuchar nada en una buena temporada.

​Si sientes que estás al borde del colapso por saturación, tranquila, no eres tú. Es que no hay cuerpo que aguante tanto ruido.

​Para volver a respirar y recuperar la paz (sin necesidad de hacer un retiro de tres meses en la montaña), a veces me aplico tres recetas sencillas que te cuento con un poquito de guasa.

1. Le pongo un esparadrapo digital a las cotorras
Imagina .... cuando vamos al bar a tomarnos un café tranquilo y se te pegan cincuenta personas al oído a hablarte a la vez, es Inviable, ¿verdad? Pues eso hace el móvil todo el santo día.

Entonces hago una limpia sin piedad: me quedo con dos o tres fuentes que de verdad me aporten algo enriquecedor y útil, y al resto… ¡silencio total!
Menos avisos catastróficos y más tranquilidad en mi cuerpo.


​2. Reivindico el arte de mirar a las musarañas
Parece que si caminamos, desayunamos o vamos al baño sin mirar una pantalla nos falta algo. ¡Pues viva el aburrimiento!
Dejo el teléfono guardado en un trayecto o mientras me tomo mi té preferido. Dejo la mente en blanco un rato y siento que es como abrir la ventana de par en par después de cocinar: entra aire fresco y de repente todo vuelve a oler bien.


​3. Paso del picoteo de ganchitos al plato de cuchara
Picar ochenta titulares en cinco minutos es como comerse dos bolsas de ganchitos a toda prisa: no alimenta, me deja un sabor raro y encima se me llena el estómago de aire. En lugar de eso, elijo un solo tema que me apetezca, me siento tranquilamente a leerlo o escucharlo y lo disfruto con calma. Y ya te digo yo que  eso sí se me queda dentro y me deja con buen cuerpo.


​Al final, la verdadera rebeldía de hoy en día no es enterarse de todo ni seguir el último manual de instrucciones para la vida. Es
mandarlo todo un poquito a paseo, apagar el ruido de fondo y volver a elegir con calma lo que dejo entrar en mi mente.


​A respirar profundo, a bajarle el volumen al mundo... ¡y que los recursos del universo, que son inmensos, se manifiesten a través de ti... de ida y de vuelta!


Escrito por Montse V.



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